Vivir el fútbol desde lejos Pablo Vande Rusten

La época dorada del Cádiz CF, entre 1985 y 1993, encontró a Juan Antonio García, ahora presidente de la federación de peñas cadistas, trabajando en la otra punta del país, en Barcelona, a más de 1.000 kilómetros del estadio Ramón de Carranza. Cuando regresó al sur, el 3 de enero de 1993, el equipo luchaba por permanecer en la máxima categoría del fútbol español. Al año siguiente descendieron a Segunda B. Poco le importó a él en 1998, cuando regresó finalmente a su ciudad después de otra escala laboral de cinco años en Osuna (Sevilla). Tenía “¡tantas ganas de Cádiz!”, que no le dio importancia a la división. 22 años más tarde, la historia se repite. Los gaditanos atraviesan una de las mejores temporadas de su historia y en 18 jornadas de LaLiga Santander ya han vencido al Real Madrid, al FC Barcelona y al Athletic Club. García y los muchachos de la peña La Holoturia Amarilla, que forma con sus hijos y con algunos compañeros de trabajo, están ahora cerca del Carranza, pero como en aquellos años épicos de Mágico González, deben vivirlo, esta vez debido a la pandemia, lejos del césped. Y de los bares y de los abrazos y de las amistades. Como les sucede a miles de peñas de todo el mundo, que llevan desde marzo sin poder hacer lo que siempre han hecho e intentan reinventarse a través del contacto virtual, ejercen labores altruistas, reorganizan sus reuniones más importantes y resisten ante la pérdida de seres queridos y las dificultades económicas.

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